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Quisiera ser aire.

10 enero 2009

El viento invernal hacía saltar los cables telefónicos a la comba. Unos zapatos viejos, colgados por los cordones raídos atados entre sí, cayeron al suelo desde los cables, esos nervios que se extienden por toda la ciudad. Aterrizaron delante de un viejo cartel de circo con la inscripción “Única función, no se repetirá”, en el que aún podían verse dos caras, las de las estrellas de una función con el telón bajado hacía tiempo, con los rostros tan amarilleados como el anuncio: “El artista que nunca pisó el suelo, el Gran Quilibristi… Ella nació sobre un trapecio, Aliza. El beso de los ángeles”. El viento agita el anuncio ya casi despegado y que gira por varias esquinas, trayendo la lluvia que muerde otros zapatos, colgados también de los cables de la misma ciudad. Todos los zapatos tan delicados, como unos guantes para los pies, colgados casi al mismo tiempo. Las gotas de lluvia rebotan en el polvoriento descampado que una vez ocupó el circo.

En la primavera que precedió a ese triste invierno, el circo llegó a la ciudad por primera vez, y con él llegó el primer amor para sus dos estrellas, ajenas a la tierra desde su nacimiento, criadas en las alturas y sujetas al mundo por acrobacias. Aliza y Quilibristi alejados del amor terrenal se sintieron traspasados de ardor en el aire. Como todos los comienzos era nuevo, brillante y suave. Todo empezó como un juego, una vuelta de tuerca al “Mas difícil todavía”

Él caminaba con paso de galán sobre un cable de acero tensado, con el grosor de un pelo. Aliza, un ángel columpiándose en el peligro, los dos se cruzan en las alturas durante una chispa. Se dan la vuelta ante el público y ambos muestran sonrientes sus labios manchados de carmín corrido, la fanfarria anuncia la exitosa conclusión del número. Un beso así sólo podía darse en el aire, delicioso acto sensual sostenido por la levedad del trapecio. El rubor de los protagonistas, sus miradas, lo dice muy claro. Para ellos ha significado más que un espectáculo. Cuando todos abandonaron entusiasmados el circo, Ella consiguió lo que nadie hizo, bajarle a tierra. Sólo puso los pies en la tierra esa vez, fue en la cama de Aliza, una cama rellena de plumón, donde yacieron como dos pájaros, en un alboroto de plumas. Después de acabar exhaustos, Quilibristi sintió su primer vértigo, un sentimiento nuevo para él. Se engañó, pensó que el miedo de estar sujeto a la gravedad le daba ese mareo. Por no reconocer lo evidente, de allí salio huyendo por la ventana, caminando por un cable.

Se vieron tras meses de que él la esquivara, a través del cable tendido él entró en su caravana por la ventana, la curva que su cuerpo marcaba no podía demorar más el encuentro, estaba embarazada:

– Es nuestro hijo, será como tú, tendrá tu nombre. –

– ¡No! Me niego a criarlo, mejor llámale “Clavo”… Este niño me clavará al suelo, nunca más volaré. –

Ella columpió una lágrima de sus pestañas. Quilibristi se retiró cerrando la ventana con violencia, un portazo en toda regla, que hizo temblar los cristales.

En la siguiente actuación del Gran Quilibristi, ella le esperaba al otro lado. En la calle por debajo del cable que iba a cruzar no cabía un alfiler, miles de espectadores llevados allí por su fama, aguardan su paso firme sobre el cable. Al otro lado la única persona por la que pisó el suelo, con mirada expectante, acaricia su vientre hinchado por la vida. A pesar de la distancia sus miradas cruzan la calle sin vacilar por la altura. Se da la vuelta hacia su representante, murmuran y el niega con la cabeza, no habrá espectáculo. La megafonía grita al público impaciente la interrupción del número. La calle empieza a sonar como un único, enorme silbido. Al otro lado del cable una mirada se tiñe de despecho, desesperación y finalmente Aliza se desmaya, cayendo cómo sus párpados sobre las lágrimas, una pluma tan ligera que el viento parece mecerla en su desmayo. Abajo la muchedumbre se dispersa con el rumor de un final, el gran Quilibristi está acabado.

Corriendo de su fracaso, de las consecuencias de su amor, deja atrás a su representante balbuceando excusas y derriba con el hombro a alguien en su apresurada carrera, en el otro extremo del edificio una maraña de cables le marca el camino, una gota precede a su paso, de sus ojos o tal vez el comienzo de la lluvia que dispersa los silbidos, los improperios, a los testigos de su abandono. Y por el cable su primer calzado en esta larga huida, casi parece deslizarse, de tan rápido. No puede evitar una pizca de orgullo en su mirada. Su mejor número la huida.

Más zapatillas cuelgan de cables por los que el funambulista las va desgastando, como quien deja la ropa tirada en su habitación. Sigue errando de cable en cable, negándose a caminar por el suelo. Allí, en el lugar de los gatos y los gorriones entre el aire y el suelo. Huyendo de su camino de zapatillas colgantes, sus propios pies que le siguen, la única huella que permanece en el aire. Llega a un cable cortado a la mitad. En esa encrucijada tuvo que elegir, toda su vida fue una negativa a la gravedad, la elección que pospuso toda su vida, entre el suelo o el cielo.

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