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En el laberinto de Ariadna.

11 enero 2009

En la noche de invierno, Teseo detiene el coche frente al laberinto vegetal con un tirón impetuoso del freno de mano. El vehículo no se había parado del todo y el ruido del frenazo llega al oído de Ariadna, que interrumpe su labor un segundo con mirada contrariada y sigue su jugueteo con un ovillo de hilo rojo, la impaciencia de él al frenar la irrita por sacarla de su absorbente tarea, su ocupación favorita, hilar, estirar, enredar, desenredar el ovillo rojo.

Dibujando formas de humo con el vaho en la noche helada, cierra el coche con prisa,  empuja la puerta de la casa. Los pasos de Teseo retumban como pezuñas de asno impaciente en la gastada escalera de madera, pulida por muchos pasos. Nada mas entrar en la habitación, la coge por la cintura y la besa con la seguridad de quién no espera una negativa. Las delicadas manos de la tejedora responden con caricias suaves, cada dedo recorre el cuerpo por debajo de la ropa con voluntad propia.

Entre ropa caída en el suelo y forcejeos apasionados llegan al dormitorio contiguo. Antes de darse cuenta él ya estaba atado y enredado con el hilo rojo, que ella se apaño para no soltar en los preliminares de una frenética cópula, donde él se limito una vez mas a ser el actor pasivo, en un juego erótico que parecía casi alimenticio por sus maneras de araña enredándolo.

Todo termina en un derrame de gemidos líquidos, ella le desata, ahora con delicadeza, tanteando el hilo con los dedos, mirándole fijamente, hilando el ovillo de nuevo, como haciendo un corazón con hilos de sangre. Amontonado en una bola se lo acerca a la nariz, huele a sudor y a sexo, al aroma picante del azufre, un poco a pólvora y fuego. Con sigilo seductor se acerca a su oído casi sin tocarle y propone un juego nuevo entre los dos con susurros que acarician. Él sonríe y en el lenguaje de su cuerpo desnudo se lee la excitación.

Ariadna huele por última vez el ovillo, toma el extremo del hilo enredándose toda su feminidad. Desnudo, dejando su ropa atrás, tirada, él corre con el ovillo en la mano y va dejando una línea roja, enredada por la casa. Sale por la puerta aterido y echando de menos el abrigo confortable de su ropa, da una vuelta de hilo rojo al coche rodeándolo como el lazo de un regalo, antes de entrar en el laberinto de árboles y arbustos, trazando líneas rojas entre el verde casi negro de la foresta en la noche.

Ella en la habitación sentada al borde de la cama, se ha desenredado y en una mano sujeta el final del hilo, con la otra enciende una cerilla. Teseo, con una sonrisa pícara, huye del frío, corriendo se pierde cada vez más adentro, hacia el centro del laberinto. Ariadna mira la cerilla y poco antes de consumirse la acerca a la deshilachada punta roja, con un fogonazo desde la punta del hilo corre ardiendo por toda la casa como una mecha y atraviesa los muros de hojas siguiendo la línea que trazo él. Temblando de frío, pero aún juguetón entra en el centro del laberinto, donde se congela su sonrisa al ver los restos de varios hombres, aquellos que le precedieron en la cama, unos cadáveres, otros ya esqueletos, todos con restos de hilo quemado entre sus manos, mecha roja casi negra como sangre coagulada.

En el mismo parpadeo es consciente del engaño y del fogonazo de la mecha ardiendo que lo persigue, hasta deshacerse en sus manos con una llamarada, con un grito abre las manos quemadas y la ceniza del hilo rojo, la mecha,  sangre seca que se lleva el viento. Mira su desnudez con un frío que le sale de dentro, del desamparo, del engaño, que le deja aún mas desvalido, sintiendo sus manos arder de dolor y su cuerpo quejarse del frío, se da cuenta que eso no le importa, solo alcanza a lamentarse en voz alta por no haber sido el único amante.

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