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En la meta canta el gallo.

21 febrero 2009

Para Pedrín como para cualquier niño con su edad, cuando los críos están hechos con un proyectil de tirachinas, nidos robados y gatos huyendo, cualquier excusa es buena para correr detrás de un amigo: Por una pelea necesaria, una persecución caprichosa o la posesión de cualquier objeto. Pedrín pasa su niñez siempre corriendo a la zaga de Fernando, sin atraparle nunca. Lo más rozar su ropa con la punta de los dedos. Todas las veces recibía la misma respuesta a su frustración, terminado el frenesí de la velocidad, mientras sus pulmones parecían querer salir a buscar aire y buscaba el aliento por el suelo:

-Corro más que tú por mis deportivas, ¿no lo ves? Son las zapatillas del gallo.-

-Yo no veo ningún gallo.-

-Sí, sí, está aquí en la lengüeta, mira bien.

Siempre la misma respuesta y el mismo agacharse a buscarlo. Pedrín no veía el gallo, ni una mísera pluma siquiera, y mucho menos la roja cresta del animal:

-¡Cómo no lo vas a ver!… Tiene una cresta roja y las plumas de colores.-

-¡No me engañes! Dí que corres más que yo y ya está.-

-No, todos los niños corren igual. Es por las playeras.-

El gallo no estaba y se sentaba siempre en la acera con el ceño fruncido por el engaño, con la cabeza gacha dibujaba distraído con el dedo en la calle de tierra. Una de esas veces, mientras sudaba su decepción, entró en escena ella. A pesar de la tierna edad y aún incapaz de explicarse la influencia femenina, ya la demostraba en su mirada fija y su respiración acelerada, no sólo por la carrera. La revolución hormonal Se llamaba Eva, su sola aparición era un estímulo que ponía la cara de Pedrín roja, media sandía madura con una sonrisa enamorada. Nunca había conseguido un beso, ni una triste muestra de cariño de ella. Eva gustaba de usar la escasa aptitud para la carrera de él, con el miserable fin de pavonearse delante del ganador, invariablemente Fernando. De paso también dejaba claro su escaso interés por Pedrín, solamente útil como espectador de sus películas románticas, que ella se guisaba y se comía. Aunque involuntariamente le hizo un favor a Pedrín, por una vez le ayudó.

Esa tarde los dos amigos jugaban, sin más rivalidad que la de una diversión intrascendente. Hasta que apareció ella en escena y ahí terminaron los juegos inocentes. Eva lo sabía y muy preparada en su papel de trofeo, vendería cara su atención al ganador. Con un montón de dibujos copiados por ella debajo del brazo y gesto altivo, interrumpió el juego mientras los extendía en el suelo:

– A ver quién me trae más piedrecitas para pagarme, y le dejo elegir el dibujo. Los he hecho yo sola.-

Por una vez Pedrín ganaba en algo y volvía con los bolsillos más llenos, pero… Siempre había un pero, una hoja que apretaba con falsa timidez contra el pecho, sería para el ganador. Una hoja que era un tesoro, dibujado a rotulador transparentaba un corazón rojo, y un nombre, Eva. El otro nombre que faltaba sería el del vencedor, a ella le gustaba jugar sobre seguro. A Pedrín le faltaron manos para tirar las piedrecitas y pies para salir disparado con ventaja. Muy a su pesar de poco le sirvió y otra vez se veía viendo la espalda del vencedor, pero no estaba todo perdido y en algo saldría ganando.

A punto de alcanzar a Fernando, Pedrín se fijó en las deportivas cada vez más cercanas, sus delgadas piernas sin control, dos pistones saltando locos dentro de un motor. En ese momento lo encontró, casi le había adelantado y el gallo, una cabeza con cresta que le cacareaba para correr más rápido aún, estaba allí. Ganarle era posible, un niño no puede correr más que otro, el gallo delante de sus narices no iba a impedir ver su nombre escrito. Su corazón desbocado latiendo con dos nombres… Eva… Pedrín… Eva… La visión duró el instante de lucidez del tropiezo, en el latido que llevaba su nombre, Pedrín, veía su caída sin poder evitarlo. Por un segundo fue llevado en volandas por la ilusión de ganarle, atraparle; la esperanza de que Fernando tenía una deuda con ese calzado, que él no podía tener. En aquel momento fue posible alcanzarle, tenía en la punta de los dedos un corazón de papel, antes de tropezar y colocarse una dolorosa y sangrante medalla en la rodilla.

El dolor de la piel raspada por el suelo y la rabia por haberle robado la atención de Eva, otra vez, le hicieron mirar otra vez las playeras y el gallo inexistente, que había cantado ante Pedrín la posible y dulce victoria. Después la borraría el beso del asfalto en su rodilla. Se dio la vuelta para no ver como Eva entregaba el premio y ponía ojitos a Fernando, ella siempre apostaba al galgo ganador. Por lo menos ya sabía que no tendría más collejas de su madre, por… “¡Antojadizo, desagradecido”! y todo por pedir unas deportivas más caras. Ya no las quería, Pedrín no sólo era lento, tampoco frenó a tiempo, una razón más para volver a casa llorando los dolores, que eran tantos.

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