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José Lepisma

6 abril 2009

Un día cualquiera se hace único por una decisión, José Lepisma había tomado esa decisión. De una montaña de libros amarillentos, una montaña de la cordillera literaria que era toda la casa, saca una guía telefónica. Nueva y ya mordisqueada por los insectos. Su dedo titubea por la página de la guía y se detiene en las empresas de control de plagas: “exterminio de plagas Ramírez”, ésta le llama la atención entre todas, su intuición nunca le defrauda.

Unos días después. En la vieja y húmeda casa al final de la calle pequeñas patas acarician la piedra del muro y corretean hacia la ventana. Dos dedos con un insólito temblor, moviéndose como las antenas de un insecto descorren unas cortinas rijosas. Ya está aquí, Don José siempre se adelanta a los acontecimientos y observa la furgoneta que para en su puerta. Un hombre de mediana edad con ademán cansado se baja del vehículo, entorpecido por una barriga que no conoció el hambre, vestido con ropa enemiga de la lavadora. Ramírez levanta su gorra, “exterminio de plagas Ramírez” y se seca el abundante sudor. Las letras bordadas de su gorra son más que un anuncio, una declaración de principios. Con una bombona de DDT en la mano repasa con el dedo índice el nombre en la plaquita de la puerta.

-José Lepisma, vaya apellido.

Gruñe para el palillo que hace equilibrios entre sus dientes. Antes de llamar la puerta se abre con un chasquido eléctrico, Ramírez empuja con el pie, se apoya en el hombro y abre la puerta sin usar las manos, cargadas. El veneno pesa en sus manos y en su desgana.

-Pase, pase, hágame usted el favor de entrar.

Ramírez entra en la casa, antigua y abandonada a su suerte, parecía no caerse por puro recuerdo de tiempos mejores. El suelo de madera estaba tan suelto que a cada paso le impulsaban las tablas.

-Señor Lepisma, ¿no? Bien, la plaga estaba en la biblioteca, según hablamos por teléfono.

-Sí, toda la casa es una biblioteca.

-¿Tiene la casa entera llena de bichos?

Remarca bichos con el mondadientes al borde de la caída. Su cliente le conduce por un pasillo atestado de libros y papel con pasitos rápidos y nerviosos. Entran al salón el señor Lepisma le ofrece asiento retirando libros viejos de una butaca desvencijada de puro aislamiento.

-Siéntese, antes de empezar su trabajo, debe escucharme. Digamos que el inconveniente de oír mi historia va incluido en el precio.

Ramírez se resigna a escuchar, al sentarse para cumplir con el cliente se fija en las muchas peculiaridades del señor Lepisma. Con el palillo bailando nervioso entre los dientes. Su pelo, plateado, demasiado para un hombre tan joven. Casi no parecen canas. Baja la mirada a sus brazos, que asoman como dos antenas inquietas de las amplias mangas de su camisa, el vello en sus antebrazos también plateado. Su piel ese brillo diría que… No, apostaría que lo es. Una piel argéntea, será por el sudor. Tanto calor y tan húmedo, y esa caspa sobre sus hombros, ¿dónde ha visto antes eso? ¡Ah sí! Como rallar una lata de aluminio, piensa Ramírez, igual que cuando limas un bote de refresco. Serrín de aluminio.

-Ramírez usted no está aquí solamente para acabar con una plaga, será el testigo de mi última voluntad y el ejecutor de mi testamento, pero escuche y entenderá su papel.

-Si exterminar a unos bichejos es su última voluntad lo hago con gusto, pero no se equivoque, que yo no vengo a hacer otra cosa.

José se lleva los dedos a la boca, meditando, y se arranca con disimulo un pellejo, lo mastica degustando la piel. Ramírez no deja de mirar sus dedos casi argénteos, tamborileando sobre el sofá le recuerdan a las antenas de un bicho buscando algo. “Este tío parece un bicho”, imagina y muerde con fuerza el mondadientes, rígido en su boca.

-¿Una copa? Disculpe si no le acompaño, no tolero bien el alcohol. Daré comienzo a mi historia y así podrá empezar su tarea o terminarla.

Lepisma se levanta a servirle. Confía en los efectos vigorizantes del alcohol, le harán falta al exterminador. Ramírez se revuelve en la butaca y bosteza sin disimulo, más nervioso que aburrido.

-Entre restos de piel muerta y libros viejos para saciar el apetito. Esta historia, mi historia empieza en un baño. Más o menos detrás del bidé, creo. En este lugar de la memoria mis recuerdos son confusos, borrosos y débiles. Sólo sensaciones sin conciencia, estímulos captados con antenas plateadas. Una época de hambre hasta que descubrí la biblioteca. Aquí entre antiguo papel masticado empezaron breves chispazos de conciencia de mí mismo y lo que me rodea.

Ramírez miraba su reloj con desgana, evitaba mirar al señor Lepisma y no escuchaba sólo oía.

-Tal vez fuera la asimilación de esos libros, además de mi tubo digestivo también mi mente los asimilaba, verdadero alimento del espíritu. “La metamorfosis” de Kafka, el primer sabor asociado a un pensamiento. Primero tomé conciencia, entonces de insecto y fue el principio. Filosofía, algebra, geografía, todo tipo y género de literatura, grandes empachos de sabiduría y nutrientes. Más de una vez completamente ahíto creí reventar, pero no, me ensanchaba. Mi cuerpo mutaba con rapidez, al ritmo de mi pensamiento. Corriendo con el papel masticado que me alimentaba, Borges, Ray Bradbury… Ni yo mismo sabría decirle como fui evolucionando, mutando. No sé como nombrar esta ¿metamorfosis?

Sin testigos, hasta este estado casi humano. Yo he sido el único que ha visto el cambio. Créame, hasta ahora no había sido capaz de enlazar todas las etapas. Ahora que soy casi humano echo la vista atrás y el puzzle encaja.

Viéndose obligado a sacudir de su letargo al exterminador se desabrocha la camisa, le muestra su espalda dividida en segmentos, plateada. Una coraza de insecto en un cuerpo humano. El mondadientes se cae de la boca desencajada y atónita de Ramírez.

-Usted, señor Ramírez va a escribir el final de esta historia. Sí, piensa que nunca escribió ni una línea para narrar algo… Pero esta bombona de DDT va a dejar escrito mi final. Sí, le respondo, soy un bicho o lo fui, pero humano no soy y quiero morir como un insecto.

Ramírez se coloca la careta con dos filtros, las gafas, los guantes. Se apresura en preparar el veneno. Siempre había pensado que pinta de bicho tenía con su equipo. Y fumiga, esparce el veneno casi con violencia. Con grandes aspavientos escupe la niebla ponzoñosa, se aleja andando de espaldas, sin perder de vista al anfitrión. El humo le oculta la previsible agonía del señor Lepisma, y le da pena el hombre que pudo ser, y asco por el insecto.

Antes de huir un libro abierto, con hojas mordisqueadas se interpone en su camino:

Pececillo de plata (Lepisma Saccharina):

Insecto del orden zigentomas, de pequeño tamaño -máximo de 3 cm. De longitud-, antenas largas, sin ojos, dos cercos caudales y un filamento terminal articulado. Su color es plateado, no sufren metamorfosis y se desplazan con rapidez. Se alimenta sobre todo de papel y piel muerta.

Ramírez coge el libro debajo del brazo y abandona la casa, con las prisas deja allí su gorra de exterminador.

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