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C.E.O.

16 marzo 2012

José Buendez estaba perdido y completamente fuera de lugar en aquella lujosa sala de juntas. No le quedaba grande el inmenso espacio de la sala, sino el lugar. José es un humilde matarife, un artesano de la carnicería y el despiece, y había estrechado, uno por uno, la mano a aquellos ejecutivos, una mano gruesa, callosa y aún con restos de sangre y carne animal en las uñas. Un tipo imponente, muy estirado en su traje y en su importancia, sentado en el centro del estrado se dirigió a él:

-Nuestro CEO ha muerto, señor Buendez. La cultura organizacional de nuestro holding está huérfana, necesitamos de gente como usted.

Esto no hizo más que aumentar sus dudas, las manos le sudaban, ¿para qué le habían sacado del matadero?

– Por favor, señor Buendez, muestre sus habilidades a nuestra junta directiva. Proceda.

Nada más acabar sus palabras un par de ayudantes con trajes impecables le trajeron sus cuchillos, tan limpios como nunca los viera. Una hermosa joven ejecutiva traía una ternera dócil hasta el centro de la sala. A José no le cuadraba el lugar, pero ahora sabía lo que se esperaba de él. Afilaba el cuchillo, con paso automático hacia el animal. Con un tajo limpio seccionó el cuello de la ternera, una tubería rota, un río de sangre que ya no manaba al corazón del animal, sino hacia los zapatos carísimos de los directivos. A José ya no le inquietaba la mirada de ningún animal degollado, pero se le erizaron los pelos de los brazos al hundirse en los ojos de esa gente. Todos miraban ávidos y depredadores, pero contenidos. Hasta que el hombre importante sentado en el centro gritó entusiasmado:

-¡Es usted el héroe de nuestra burocracia, aquél del que hablaban nuestras leyendas corporativas, ¡CEO!¡CEO!

Gritaban, y se revolcaban entre la sangre, ¡CEO!¡CEO!, a los pies de José, que pensaba en que ya no llevaría más carne gratis a casa.

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One Comment leave one →
  1. 19 marzo 2012 10:21

    Madre mía, Alberto,
    El relato va más allá de la simple metáfora. Supongo que ya esperarás que te diga que la imagen final de la sangre a los pies de los carroñeros es brutal, pero además, la intensifica el contraste del matarife que aún piensa en su casa (en llevar carne gratis, eso sí) y que aún siente que no pertenece al grupo… Aparte del apellido y ese puntito de ironía.
    Es un micro de nuestros días, no cabe duda. Y estremecedor.
    Un abrazo admirado

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